Si nada nos salva de la muerte...
Hoy, al mundo se le presenta un hombre del que se dice, traerá una nueva era de austeridad para los fieles de la mayor organización religiosa que hay, dicen que es un mensajero de la paz y un defensor de la justicia. Pero este mismo hombre anteriormente ha convocado a “una guerra de dios” contra un proyecto de igualdad, un pequeño gran cambio que permite reconocer legalmente una manifestación de lo mejor que conoce la humanidad: el amor; diverso de que se puede decir la mayoría, pero natural y auténtico amor entre seres humanos.
Este hombre, que hoy será saludado por muchos jefes de estado en el inicio de un nuevo cargo, ha legitimado todos los horrores que para la humanidad significa la palabra “guerra” como un mandato de su dios. Esto parece una locura colectiva. ¿Será acaso que la humanidad se ha olvidado de todos los dolores que las “guerras de dios” han provocado? Como las Cruzadas y la Guerra de los Treinta Años, por dar ejemplos recientes.
Yo no me puedo mantener silente ante tales palabras que apelan a exacerbar las tres pasiones humanas más explosivas: el miedo, la vanidad y el odio. Este cóctel de impulsos humanos ha demostrado a lo largo de la historia su infalible capacidad de propiciar el horror en sus más amargas consecuencias. El justificar que la humanidad ceda libremente a estas pasiones convierte a ese discurso en una verdadera fuerza del mal (parafraseando a Bertrand Russell).
Es por eso que desde el inicio repudié las declaraciones de este hombre y puse claramente en entredicho su autenticidad como emisario de paz, amor y justicia; un encargo que, según me han dicho, le fue asignado por dios, el dios en cuyo nombre se levantaron las guerras que oscurecieron al mundo con la espantosa sombra del genocidio.
Yo no puedo aceptar ninguna guerra, ni incitación alguna a darse al miedo, odio y vanidad; sea en nombre de dios, o lo que es peor, a nombre de la misma paz y humanidad; aquí yace una contradicción fundamental, como expliqué anteriormente.
El poeta Neruda escribió que “si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”. Es por esto que a este hombre que llama a la guerra y a todos los convocados por su intensión, a los que están dispuestos a combatir en nombre de la voluntad de su dios, les respondo y a la vez condeno de esta manera: el amor conquistará al odio, llenará de vergüenza a la vanidad y disipará al miedo.




